Como todas las tardes de invierno, empiezan las sandungueras clases de salsa. Abuelos, duñeas de casa, jóvenes,algunos metaleros, otros empleados, en fin, hay un santiamén de personalidades que los días martes y jueves se agolpan en la sede de la junta de vecinos de la calle Porvenir.
Aún no comienza a sonar la música y uno que otro soltero olvidado muere por mover sus piernas al ritmo de la melodía caribeña. Es realmente un deleite poder observar con las ganas que inician su baile. Es sencillamente algo que sólo puedes ver en este espacio.
Para mi es un verdadero gozo poder observar a esa gente que por lo general tiene una visión pesimista de la vida.
Por depronto empiezan a sonar esas típicas canciones de discoteque donde todo el mundo parece saberse la coreografia, pero que aquí es como si fuera la primera vez que descubren que pueden crear su propio baile.
Al rato la repetición de compaces me hace un poco aburrida la clase, pero es justo en ese momento cuando el profesor nos insta a bailar en parejas. Como si fuera lo único que esperaba que dijera.
Muchos no coordinan los pasos, a veces, yo tampoco lo hago porque me desconcentro cuando miro fijamente a mi pareja. Me pierdo un tanto en ese vacío interconectado con su aura.
Al rato él me dice concétrate y yo vuelvo a ese salón repleto de gente ansiosa de aprender.
Al rato ya llega público a observar nuestros avances o retrocesos, pero justo hoy había más gente que nunca. Y yo cada vez iba dejando de lado es resquemor tonto de siempre.
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